Escribía José
Antonio Marina un artículo esta semana titulado ¿Por qué la Sociedad de la
información está a punto de fracasar? Se preguntaba cómo podía realizar esa
aproximación en un momento en que parecemos estar en la apoteosis de la
información. Hablaba del incontable flujo de información disponible y del
tratamiento que se hace de la misma con el Big data. Por cierto, uno de los
ejemplos que ponía tenía como centro a Alan Greenspan, teóricamente en el
centro de todo el flujo de datos económicos y que decía en 2008, No comprendo
lo que ha sucedido. Hablaba de los algoritmos que transforman los datos en
información, pero levantaba su queja en que realmente no alcanzamos a
comprender esa información, y se está respondiendo como una máquina responde a
señales.
Ejemplos de
ello, hemos tenido unos cuantos en estas últimas semanas. El martes, sin ir más
lejos, que hablaba mi amigo del alma, Draghi. Estuvimos escuchando la alocución
y nos pareció más de lo mismo. Al cabo de unos minutos, empezó a bajar el
mercado de bonos como si no hubiera un mañana, y a circular por los teletipos
información argumentando que se debía a las palabras de Draghi, que había sido
mucho más halcón de lo que se esperaba. Nosotros nos mirábamos diciendo si
habíamos estado viendo alguna grabación antigua, pero no, era la de ese día. De
este episodio podemos sacar tres conclusiones: una, que las noticias intentan
justificar los movimientos a posteriori, la segunda que el mercado realmente
sigue a los titulares y se molesta poco en ir a la fuente principal, y la
última y no menos importante, que intentar parecer cuerdo en ese momento es
como en San Fermín a las 8 de la mañana intentar ir de la Plaza de Toros a la
calle Estafeta. Si a eso le unimos la presencia brutal de los algoritmos en el
trading diario, pues ya tenemos montado el Belén. Hoy, por cierto, a media
mañana han salido fuentes del ECB de que Draghi había sido malinterpretado.
Otro ejemplo lo
tenemos con la frase No había otra alternativa que ante nuestro estupor
parece ser que tiene numerosas interpretaciones. Hace unas semanas, oíamos al
Ministro de Economía español comentando que no había habido otra alternativa
que intervenir el Banco Popular, pasar a 0 a accionistas y acreedores de deuda
subordinada, mientras que se salvaban a tenedores de deuda senior y a
depositantes, y vendérselo al Banco de Santander por 1 euro. Era la mejor
opción, decían. Y la diferencia fue importante. Los tenedores de bonos junior 0
– tenedores de deuda senior +12% en un día. Dos semanas más tarde, el colega
italiano de De Guindos, el ínclito Padoan curiosamente emplea la misma frase, No
había alternativa, para hacer totalmente lo opuesto en el rescate o
liquidación, llámenlo cómo quieran, de la Banca Popolare de Vicenza y Veneto
Banca. Ahí el Estado puede llegar a desembolsar hasta 17.000 millones de euros
en ayudas, con un gasto inmediato de 5.200 millones de los que el banco
comprador (Banca Intesa paga también un euro) recibe 4.785 millones. Además, el
Estado se hace cargo de los créditos deteriorados y de alto riesgo, quedándose
el banco comprador realmente con las carteras de activos y préstamos que
estaban al día. Se cerrarán 600 sucursales y se volverán a recortar 4.000
empleos. En Boadilla se deben estar tirando de los pelos de lo que podían haber
sacado. Y todo ello, pasándose por el forro la Ley de Resolución Bancaria
aprobada hace un año. La excusa es de lo más vaga; que Italia no había ayudado
a sus sistema bancario anteriormente como hicieron en Holanda o España, o que
las dos entidades estaban bajo la ley italiana en lugar de la europea por no
ser relevantes (había un papel del BCE de hace dos años que decía lo contrario,
pero debió quemarse en el incendio de la Biblioteca de Alejandría). La
conclusión es, sin embargo, bien clara. Las leyes europeas y la seguridad
jurídica son como los principios de Groucho Marx, si no les gusta, tengo otros.
¡Vaya cachondeo! Al final, el problema del sector financiero es muy sencillo.
El empleo de las reservas fraccionarias es maravilloso cuando todo va bien,
porque fluye el crédito a mansalva, pero es un gigante de los pies de barro
cuando vienen mal dadas. Puedes apalancarte veinte veces y multiplicar tu
beneficio por esa cantidad si los créditos son pagados, pero cuando la gente,
con cada crisis, se plantea que un banco puede tener problemas y que claro sólo
tienen como capital uno de cada veinte euros depositados, todo el mundo quiere
llegar a la ventanilla antes que los otros diecinueve. Es el modelo burbuja -estallido
de burbuja con el que llevamos jugando sin que parezca que se vaya a alterar.
Si comparamos con periodos largos de la historia, el crecimiento del crédito es
la razón fundamental del desarrollo del siglo XX respecto a los veinte siglos
anteriores. La propuesta de algunos de eliminar las reservas fraccionarias (poner
un coeficiente de caja de un 100%) o de volver a un sistema oro son
difícilmente implementables sin colapsar la economía, a no ser que volvamos al
Deuteronomio, y todas las deudas se cancelen cada siete años y volvamos a
empezar.
Y todo esto bajo
la desidia y pereza absoluta de la ciudadanía. No he oído muchas lecturas de
las elecciones municipales de las ciudades italianas que tuvieron lugar el fin
de semana, pero el ganador ha vuelto a ser el partido de Berlusconi
(No hay
que olvidar que por mucho que nos desagrade el personaje fue desalojado del
poder no por unas elecciones sino por la troika europea ¡Toma democracia! ). A
esto le unimos que Lula encabeza los sondeos en Brasil, que a la segunda vuelta
de las elecciones francesas ha acudido un 46% de votantes y que Macron ya ha
caído seis puntos en popularidad respecto a la encuesta anterior de hace dos
semanas. Aquí y ahora les hago una apuesta. El PP ganará las elecciones del
2020 con una lista encabezada por Jorge Vestrynge. Parece que nos preocupamos
más por las campañas electorales y las votaciones que por los cuatro o cinco
años que vengan después. Hasta ha pasado ya un octavo del mandato de Trump y no
pasa nada. La sensación es que quien duerma en la Casa Blanca, Downing Street o
la Moncloa es poco importante y que la verdadera partida se juega en otros
lugares.
Por esta razón,
me ha parecido pertinente el último papel del siempre vigoroso e inasequible al
desaliento Albert Edwards, en el que comenta que en la próxima crisis el pueblo
no girará la cabeza para buscar culpables entre los políticos, sino que lo hará
hacia los banqueros centrales, que son los realmente instigadores de las
desigualdades económicas entre ricos y pobres con sus políticas monetarias de
inflación de los activos. Según él, no solamente crea desigualdades entre
ciudadanos, sino que también lo hace entre empresas (comprando deuda sólo a las
empresas más grandes, de forma que les da una ventaja en el coste de
financiación). Mientras llevamos una década de crisis económica y nulo
crecimiento, los precios de los activos continúan subiendo gracias al apoyo de
las políticas cuantitativas de los Bancos Centrales. En una era de radical
incertidumbre, ¿cuánto tiempo pasará antes que los enfadados ciudadanos,
cansados de echarle la culpa a un sistema político impotente para sus problemas,
se giren hacia los principales culpables de su pobreza, los no elegidos y
virtualmente incuestionables bancos centrales?.
¿Puede estar
esta percepción en los últimos movimientos de la FED? Los últimos datos
publicados, analizados de forma individual, no parecen apoyar mucho más
movimientos al alza. El error viene de no haberlos subido hace tiempo, en 2014,
cuando los datos sí que lo apoyaban, pero les dio miedo la respuesta de los
mercados. Ahora estamos en la situación contraria, el mercado no cree a los
Bancos Centrales. Han perdido una gran parte de su credibilidad, y quizá
intenten revertir esta situación. También hay algún estudio que está saliendo
estos días que dice que la lucha contra las recesiones requiere de bajadas de
tipos de interés de al menos 300 puntos básicos, por lo que deben llegar cuanto
antes a cotas del 3% de tipos de intervención antes de que se acabe el actual
ciclo económico expansivo. Mi opinión es que estamos en territorio ignoto, y no
tengo claro que sirvan de mucho los estudios sobre series anteriores. Lo
aprendido en los últimos años es que, al contrario de lo que se puede pensar,
la bajada de los tipos de interés no hace disminuir el ahorro sino lo
contrario. La gente piensa en la jubilación y al sacar menos por sus ahorros
termina por consumir menos, hace que las empresas no necesiten invertir y al
final es un freno al crecimiento.
Como decía el
clásico: No basta con huir, hay que hacerlo en la buena dirección.
Buena semana,
Julio López Díaz, 29 de junio de 2017


