En el invierno de 1696 ocurrió en
Londres un célebre episodio de la historia de la ciencia. Johann Bernoulli
convocó un concurso para resolver dos problemas matemáticos y fijó un plazo de
seis meses para su resolución. Sólo Leibniz resolvió uno de los dos, y de
manera penosa. El plazo se prorrogó otros seis meses. No sirvió de nada. Edmund
Halley se percató de que Isaac Newton no había sido informado del desafío y, a
las dos de la tarde del 29 de enero de 1697, se personó en casa del sabio para
presentarle los problemas: Newton dijo que más tarde los estudiaría. A las
cuatro de la madrugada había resuelto ambos, y a las ocho de la mañana del 30
de enero envió las demostraciones en una carta sin firmar a Bernoulli, quien,
apenas leyó las soluciones, dijo estar seguro de que el anónimo vencedor era
Newton. Preguntado por cómo podía saberlo, respondió con la célebre frase:
Tanquam ex ungue leonem. O sea, porque reconozco las garras del león.
Ahora que los mercados
financieros tradicionales se asemejan a bodegones y sus naturalezas muertas,
con una volatilidad en el subsuelo (hace tiempo que dejamos de intentar ponerle
suelo), la atención de todos los jugadores y traders del mundo se lleva
dirigiendo hace mucho tiempo a las criptomonedas, y en este movimiento se ven
las garras de algunos.
El 1 de septiembre, el Bitcoin
alcanzó un nuevo máximo histórico en los 5.000 dólares. Y a partir de ahí,
sufrió un colapso hasta alcanzar los 3.000 dólares en apenas dos semanas. En
estas dos semanas, el acoso fue tremendo y exageradamente aireado en prensa,
con un fin claro de destruir la confianza en el dinero descentralizado. Es más,
parecía un ataque sumamente bien coordinado.
Antes de continuar, y para hacer
clara nuestra falta de objetividad, tenemos que decir que mantenemos una fe
absoluta en el posicionamiento a favor del Bitcoin (otras criptomonedas, entre
ellas ethereum, nos provocan alguna duda)
Como alguno ha reflejado de forma
muy gráfica, a modo de La Guerra de las Galaxias, parecía una batalla entre el
Imperio centralizador y una descentralizada alianza rebelde. Una batalla de la
libertad contra el control, de la gente contra un selecto grupo de poder (le
pongo la banda sonora de John Williams y me vengo arriba). La cosa empezó en
China arremetiendo contra las ICOs (Initial Coin Offering), declarando que esta
forma de levantar capital era ilegal. Las ICOs funcionan en la práctica como
OPVs de acciones. El inversor que acude a dichas ofertas paga (normalmente
mediante Ethereum) y recibe unidades o tokens de la criptomoneda en cuestión.
Se cuentan por cientos y cada una presume de tener unas cualidades totalmente
novedosas y distintas al resto. Lo que todas comparten, es la falta de
transparencia y la posibilidad de los promotores de saltar del barco cuando
consideren oportuno, sin que el pasaje les vea.
A fecha de hoy, 27/09/2017
cotizan 1.128 criptomonedas. Seguramente esa cifra no ha llegado todavía a su
cumbre, pero también pensamos que más del 95% de las mismas son morralla y
terminarán por explotar. La capitalización actual de Bitcoin es de 68.000
millones de dólares, una cifra que parece muy elevada, pero que es solo
ligeramente superior a lo que capitaliza una empresa como la automovilística
Daimler. El Banco Central Europeo mete cada mes en el sistema 60.000
millones de euros mediante su programa QE. Ahora mismo existen 16.590.000 de
bitcoins y el máximo posible son 21.000.000. Quedan pues por minar (crear un
bitcoin nuevo) apenas 4.500.000 y el último se minará sobre el año 2.140 En el
caso de la segunda criptomoneda más usada, ethereum, su capitalización es de
28.000 millones de dólares (la misma que Repsol), y hay emitidos alrededor de
94 millones de unidades, pero a diferencia de Bitcoin, no tiene fijado un
límite.
Pero sigamos con el hilo
conductor de lo visto en esas dos semanas que vivimos peligrosamente. Al
principio, se pensó que la congelación de las ICOs iba a ser solo temporal y
con una finalidad de emitir algún tipo de guía, o legislar algo que sirviera
como protección a los inversores. Pero no fue así, sino que fue solo el
comienzo de lo que venía. A continuación se pudo ver una noticia en el Wall Street
Journal, citando como siempre fuentes familiares con la operación pero que
quieren guardar su anonimato, que China planeaba derribar todos los lugares de
contratación de criptomonedas. Ahí empezó el pánico. El Banco Central de China
emitió una declaración atacando a esos exchanges por operar sin licencia (cosa
que habían estado haciendo durante años). Básicamente cambiaron las reglas de
juego a mitad de partido. A esto se le unió una declaración de Jamie Dimon, CEO
de J.P. Morgan, diciendo que Bitcoin era un fraude peor que el de los
tulipanes.
¡J.P. Morgan y el Banco de China
juntos en el mismo lado del campo de juego! No me digan que no se pone
emocionante la trama. El país más transparente y claro del mundo, y uno de los
bancos originadores de todos los fraudes de CDOs, CLOs y demás productos
enlatados exóticos que llevaron a la crisis del 2008. Desde luego, pocos saben
más de fraude que ellos.
Los Bancos Centrales, que emiten
dinero del aire, se quejan de que hay otros que hacen lo mismo
Y luego además
se acrecienta el histrionismo cuando dicen que los bitcoins terminarán siendo
utilizados por terroristas o narcotraficantes. ¿No usan acaso dólares emitidos
por la Reserva Federal para lo mismo? Al final, hablamos de quién tiene el
monopolio (no exageremos, es más un oligopolio) de la emisión de dinero. En
estos últimos años, hemos visto como los jugadores más cercanos a la emisión de
cromos son los que más se han beneficiado de la supuesta recuperación
económica. Hay muchos que se han lucrado como intermediarios, pero ¿Qué pasaría
con ellos en un mundo descentralizado?
Las causas para destrozar la fe en el
dinero centralizado están meridianamente claras. No en vano, las
características deseables para el dinero, desde que nace para abandonar el
trueque son: que no se pueda fabricar por cualquiera, que sea limitado, que no
pueda falsificarse, que sea divisible y fácilmente transportable. Bitcoin
cumple con todas ellas y además está a salvo de la codicia humana, que ya en la
antigua Roma quitaba cada vez más plata de cada sestercio. Y todo esto sin
hablar del blockchain y todas las posibilidades tecnológicas que van a
transformar el mundo que conocemos y que daría para unas cuantas epístolas más.
Vires in Numeris.
Buena semana,
Daniel Varela y Julio López Díaz, 28 de septiembre de 2017


