Predijo un
astrólogo, que cierta dama predilecta del rey Luis XI de Francia moriría en el
plazo de una semana. Así fue, y Luis XI, irritado, se propuso vengarse del
astrólogo. Previno primero a los criados para que, a una señal suya, lo echaran
por la ventana y, con todo dispuesto a su gusto, ordenó que el astrólogo
compareciera.
-Ya que sabes
tanto,- le dijo el rey, regodeándose en su próxima venganza- sabrás la fecha en
que has de morir.
– Sí, señor:
tres días antes que vuestra majestad.
El rey, que era
supersticioso no hizo la señal. Dejó vivir al astrólogo y, a partir de
entonces, siempre temió que muriera.
Había un chiste
muy antiguo. Un conductor que iba por la carretera encendía la radio y se oía
al locutor diciendo: Nos avisa la Guardia Civil que hay un vehículo que viaja
en dirección contraria por la Carretera de A Coruña. A lo que el conductor
replicaba ¡Cómo que uno! ¡Cientos!
La misma
sensación que tenemos desde principios de año en la Bolsa. Ahora sí que estamos
entrando en modo burbuja en los mercados financieros, y la duda es cuándo
morirán. Las valoraciones de muchas acciones están adquiriendo cotas
absurdas, pero no parece que mucha gente se esté parando a meditarlo. Cualquier
ratio que obtengamos está en zona roja. El ratio capitalización/ventas, por
ejemplo, está en 2.07, cuando el máximo de 2007 se marcó en 1.75. Empresas como
Nivea, cotiza a ratios de valor de empresa sobre beneficios antes de dotaciones
e intereses, de 17 veces. En términos de PER de beneficios medios de 10 años,
estamos casi un 40% por encima de su media histórica. La preponderancia de los
fondos pasivos que se limitan a comprar cestas ponderadas de acciones de los
índices por su capitalización parece que es lo único que vale ahora mismo en
los mercados. Este fin de semana, en su presentación a inversores, Warren
Buffet comentaba que tenía las mayores posiciones en liquidez de Berkshire
Hathaway en toda su historia. Llevaba ya un tiempo comentando la falta de
inversiones atractivas, pero lo sorprendente para mí, fue el tono de la
alocución, pidiendo perdón a los inversores por no haber sabido leer algunas
oportunidades pasadas en el sector de la tecnología. Luego leías algunos blogs,
y un adjetivo que se repetía era vulnerable. Por primera vez, los inversores
habían visto vulnerable a El Oráculo de Omaha. La conferencia de Buffet
coincidía en el tiempo con otra de hedge funds en Las Vegas, donde los lamentos
de grandes prebostes tradicionales de la industria subían hasta los cielos.
Cualquiera que se separa de la marea actual es mirado de forma despectiva y es
pisoteado por los caballos de la diligencia a todo galope. Entre los gestores
españoles, a los que tengo el mayor respeto, tienen también posiciones
importantes en liquidez. Pero esta situación, lejos de aliviarme, me aterra aún
más, pues nunca sabes hasta donde pueden aguantar con ponderaciones en riesgo
inferiores al mercado cuando éste está en subida libre. El otro día leía una
curiosa estadística en la presentación de una herramienta de asistencia médica
basada en la inteligencia artificial. La herramienta tenía un 91% de aciertos
en el diagnostico primero de un paciente, frente al 89% de la herramienta de
Google o el 73% del médico que le atendía. Lo curioso, es que el nivel de
aciertos bajaba al 48% cuando el diagnóstico médico se hacía en grupo
Todas estas
sensaciones suceden a la vez que vuelvo a releer el libro de Robert Shiller,
Exuberancia Irracional (ya lo sé, uno es masoca y del Atleti, qué se le va a
hacer). El Premio Nobel de Economía es el que le pasó el papelito a Alan
Greenspan en 1996 donde se acuñó el famoso palabrejo. Las Bolsas subieron
todavía tres años más y de forma exponencial. En 2003 volvió a escribir otro
papelito hablando de la burbuja inmobiliaria, y los pisos siguieron subiendo
hasta el 2007. La conclusión es muy sencilla, siempre se te queda cara tonto, o
bien en la subida o luego en la bajada, y la mayoría de las veces en ambos
casos. Es completamente imposible saber cuándo los mercados se darán la vuelta.
Eso nos deja en una situación realmente complicada. Por un lado, me parece una
temeridad comprar acciones, bonos o inmuebles a estos precios, y por otra parte
las herramientas gráficas siguen advirtiéndonos de que no es el momento de
buscar cortos en el mercado. Como me decía el otro día un amigo, me podía
empezar a pasar como al hermano mayor de la canción de Silvio Rodríguez, la
Fábula de los tres hermanos, Para nunca equivocarse o errar, iba despierto y
bien atento a cuanto iba a pisar. De tanto en esta posición caminar, ya nunca
más el cuello se le enderezó y anduvo esclavo ya de la precaución y se hizo
viejo, queriendo ir lejos, adonde no llegó
. Desde luego, es un riesgo con el
que hay que contar, y nada nos impide no estar equivocados (desde el principio
de año es como hemos estado), pero seguimos dando más ponderación a que esta
situación es un déjà vu. La pregunta clave, que ronda en todas las
conversaciones de mercado, es qué puede hacer caer los mercados. Ahora mismo
parecen totalmente invulnerables, pero no es distinto de otras situaciones
similares en el pasado. Cuando los mercados están en modo burbuja, no hace
falta ninguna noticia concreta para girarse. Cuando cayó un 22% en el año 1987
en un solo día, no hubo ningún desencadenante concreto a nivel de noticia o
anuncio que lo provocara. Simplemente, se rompió el patrón según el cual, cada
vez que caía un 1 por ciento, aparecían compras. Con la burbuja tecnológica del
año 2000, tres cuartas partes de lo mismo. Las razones sólo aparecen a
posteriori y por supuesto todo el mundo las veía venir
Un sesgo muy
importante que abunda en los mercados, es reducir cualquier movimiento a corto
que se produzca, a un solo parámetro. Desde principios de año, este parámetro
ha sido el riesgo político. En función de los avances o retrocesos de la
importancia del voto para los partidos populistas, así se movían los mercados.
Y esto desemboca en un nuevo sesgo, que es el de la comparación. Si a un lado
ponemos un candidato que no dista de lo vivido en los cuarenta años anteriores
(la elección de un candidato del sistema como Macron, educado en la Escuela
Nacional de Administración y ex ministro de Economía con el vilipendiado
Hollande) y la confrontamos con un candidato provisto de todas las calamidades
pasadas y futuras, la comparativa nos hace valorar de forma distinta las cosas
y nos altera su verdadera visión y realidad. Imaginemos que yo tengo un R-8 de
hace treinta años del que despotrico constantemente, porque me deja tirado cada
vez que salgo del garaje. No se lo regalaría ni a un amigo, para no perder la
amistad. Pero un día pasa por delante un vendedor de coches usados y me ofrece
un R-12 de treinta y cinco años por 500 euros. El efecto inmediato es que pongo
un anuncio en el segunda mano vendiendo mi coche por 1.500 euros, porque
comparándolo con el R-12, el mío tiene que valer muchísimo más. La realidad es
que en cuanto se retire el vendedor de coches usados, mi R-8 volverá a dejarme
tirado la próxima vez que salga del garaje. Nos quieren hacer creer que las
bolsas valen mucho más de lo que valían antes, que volvemos de nuevo al Parnaso
a escuchar a los poetas, que han desaparecido los riesgos políticos de los
populismos y ahora con Macron en Europa el sol brilla más que nunca y los días
están despejados y Francia vuelve a vivir los tiempos de La Grande Armée. Como
en los segundos matrimonios, es el triunfo de la esperanza sobre la
experiencia. Y mientras tanto, Francia sigue con su baja productividad, un
sector público elefantiásico e indomable.
Como decía Oscar
Wilde, a veces pienso que Dios sobrevaloró su talento al crear al hombre.
Buena semana,
Julio López Díaz, 10 de mayo de 2017


