Dickens sufría
un trastorno obsesivo-compulsivo: cambiaba el mobiliario de sitio
constantemente y se negaba a escribir en una sala en la que las mesas y las
sillas no estuvieran perfectamente ordenadas. Tenía la asombrosa capacidad de
buscar el lugar preciso para cada mueble y se pasaba horas cambiándolo de sitio
hasta que quedaba como quería. Cuando lo invitaban a una casa o estaba como
huésped en un hotel de postín, lo primero que hacía era reordenar su habitación para adaptarlo a su plan
interior. Aún más extrañas que su obsesión por la pulcritud eran sus
supersticiones. Tenía que tocarlo todo tres veces, consideraba el viernes su
día de la suerte y siempre se marchaba de Londres el mismo día en el que
publicaba la última entrega de una de sus novelas. Lo más curioso de todo eran
sus hábitos nocturnos: tenía que dormir con la cara orientada hacia el polo
norte. Según creía, el alineamiento con los campos magnéticos terrestres fomentaba
la creatividad.
La sensación que
predomina ahora mismo entre los operadores de mercado es que alguien está
cambiando las cosas de sitio y nos estamos quedando descolocados; estamos en un
cruce de caminos, y no sabemos si tenemos que coger el camino que continúa
ascendiendo o tenemos que coger el que baja hasta el valle. La misma duda que
manifiestan continuamente los directores de los bancos centrales, que han
introducido en todos sus últimos discursos de forma prolífica los adjetivos
transitorio o momentáneo. Según la RAE, es algo pasajero o temporal, perecedero
o fugaz, que cuando se refiere a una magnitud, es lo que varía entre dos
regímenes estacionarios consecutivos durante un corto intervalo de tiempo. Y es
en esta última apreciación donde se dan todas las disputas entre los
economistas. El principal temor es qué va a pasar con la inflación. La gente no
termina de explicarse por qué con pleno empleo no aparece. Una vez más, la
economía nos demuestra el riesgo de acotarla a modelos económicos basados en
las matemáticas. Como dice El-Erian Durante estos últimos años, la economía
mundial ha evolucionado de manera que antes considerábamos sumamente
improbable. Se trata de un fenómeno que continúa en nuestros días y que se
agudizará en los tiempos que vienen. El modelo que al final se ha vuelto a
seguir es el menos traumático y doloroso, el recurso a la deuda y al
apalancamiento, esperando que la inflación lograra reducir el esfuerzo de pago
con el paso del tiempo.
Los Bancos
Centrales, tras responder a una emergencia tras otra, han dejado de lado sus
enfoques convencionales y en su lugar han evolucionado a experimentadores de
políticas en serie. A menudo, contra lo que se esperaría de instituciones tan
obsesionadas con la tradición, se han visto impulsados a recurrir a
instrumentos políticos no verificados. Y como a menudo sus expectativas de unos
mejores resultados no se han cumplido, muchos han sentido la necesidad de
aventurarse aún más a fondo en terrenos y papeles políticos desconocidos. Aparte de reducir tipos, comprar bonos,
trabajaron activamente para manipular las expectativas de los inversores y las
decisiones de cartera. Y ahora se asustan porque, al no haber cumplido con las
expectativas, les da auténtico pánico no tener ningún armamento para combatir
la siguiente crisis, por eso intentan contrarreloj rellenar de nuevo el arsenal
antes de que vuelvan a atacar los arapahoes.
En 2010, en un
discurso que marcó un antes y un después en la política monetaria
estadounidense, porque se pasó de buscar la normalización de los mercados
primarios, a asumir la responsabilidad primaria y abrumadora de lograr
crecimiento económico, creación de empleo, inflación baja y estable, y
estabilidad financiera general. ¿Cabía la posibilidad de que la prolongada experimentación
por parte de los bancos centrales, así como su voluntad de seguir trabajando,
desincentivara el esfuerzo de los políticos y de otras entidades a cargo de las
políticas económicas? ¿De que la repetida atribución de precios artificiales a
los activos financieros, sostenidos por la liquidez de los bancos centrales y
por la percepción generalizada de que estos favorecían a los mercados,
condujera a una asunción de riesgos excesiva y a asignaciones erróneas de
recursos que socavaran el crecimiento y la estabilidad? ¿De que se produjera un
salto en la inflación? ¿De que los bancos centrales se vieran forzados a
aligerar unos balances contables cada vez más abultados, a destruir valor y
desestabilizar los mercados financieros? ¿De que la inestabilidad frenada diera
paso a una dañina inestabilidad inestable?
Hasta qué punto,
en vez de facilitar un desapalancamiento ordenado y gradual en el contexto de
una economía mundial en crecimiento, acabarían por permitir una acumulación de
deudas adicional que dejaría el crecimiento de las economías occidentales
empantanado en un malestar todavía más profundo, aparejado con una
inestabilidad financiera recurrente que alteraría el bienestar económico de los
países del resto del planeta, incluidas las economías en desarrollo bien
gestionadas.
Cuando comenzó
la política de transparencia de los Bancos Centrales, muchos economistas
pensaron que habían ido demasiado lejos. Cuanto más informara de sus decisiones
a los mercados, mayor sería la proclividad de los inversores a aceptar riesgos,
y a aceptarlos en niveles excesivos. También sería mayor el riesgo de
dislocación de los mercados cada vez que los directivos de la Reserva Federal
quisieran cambiar el rumbo, sobre todo si lo hacían sin previo aviso. Así, la
transparencia pasaría de ser un estímulo para la elaboración de políticas a
poner en peligro la efectividad de las políticas de la propia Reserva.
Muchos lugares
como Dubái, Islandia, Irlanda, Suiza y otros, trataron de sacar provecho de las
finanzas para escapar de las limitaciones domésticas ocasionadas por sus
pequeñas dimensiones económicas, mediante el apalancamiento y la
internacionalización de sus instituciones financieras. También quedó claro,
primero poco a poco y luego con temible aceleración, que las autoridades
nacionales se veían atrapadas en un horrible círculo vicioso: o rescatar a los
delincuentes de las finanzas con el dinero de los contribuyentes, o permitir
una debacle financiera que habría causado daños todavía más grandes a una
economía real que ya se hallaba en mala situación.
Por mucho que se
esforzaran, no estaba claro si los bancos centrales lograrían situar firmemente
a las economías en un camino sostenible de crecimiento elevado e inclusivo, y
de estabilidad duradera en las finanzas, ni si podrían abandonar su modo
hiperactivo, sin que con ello surgieran nuevos problemas económicos e
inestabilidad financiera. Se puede también argumentar, que han actuado cada vez
menos como instituciones monetarias y cada vez más como agencias cuasi fiscales,
y por ello no está claro cuáles son los riesgos que sufrirán a causa de la
independencia que han conseguido con tanto esfuerzo y de la crucial autonomía
operativa que está asociada a esta última.
Una expansión
económica que repetidamente se muestra inadecuada y desequilibrada, y refleja
tendencias cíclicas de larga duración y estructurales desfavorables, pone de
manifiesto que muchas de las economías avanzadas aún adolecen de la falta de
modelos de crecimiento apropiados.
Hay un exceso de
ahorro que resulta del choque permanente del desapalancamiento, una población
más lenta y un crecimiento de la desigualdad. Así, el crecimiento se frena una
y otra vez, y las economías pueden terminar en un largo parón en el que las
normas económicas habituales quedan invertidas.
Tenemos que
enfrentarnos a reformas estructurales, demoradas en exceso, para la renovación
de los motores de crecimiento; la no coincidencia, dentro de la demanda
agregada, de la capacidad y la voluntad de gastar; un sobreendeudamiento
persistente que socava la capacidad productiva ya existente y la de nuevo cuño;
y la no terminación del proyecto de integración regional europeo, así como
otros cuellos de botella multilaterales.
Veremos en qué
quedamos. Groucho Marx decía que todos los hongos son comestibles, algunos de
ellos una sola vez
Julio López Díaz, 06 de julio de 2017


