Tal vez no sea sorprendente que
el padre de Johann Sebastian Bach fuera músico, puesto que en la Alemania rural
los hijos solían continuar la profesión de los padres. En cambio, llama la
atención que también fueran músicos su abuelo, su bisabuelo y muchos tíos,
primos hermanos y segundos, y hasta sobrinos. Tan grande era la presencia de la
familia en el sector que, cuando en 1693 quedó una vacante en una orquesta de
la corte, se pidió de forma urgente no un violinista o un organista, sino un
Bach.
Una de las cosas que más me están
dando vueltas últimamente a la cabeza, es si existe algún factor genético en el
comportamiento económico de las personas. Yo, por ejemplo, tengo una influencia
clara de lo que mi padre llamaba la virtud del ahorro que me hace ser un
hombre poco proclive a sostener el marco económico mundial actual, basado en el
consumo permanente. No hay palabrejo que más odie que lo de obsolescencia
programada, y de todo lo que intentan venderte y de lo positivo que es, para
que el tren no deje de rodar. Yo, como hacía mi padre, voy detrás de mis hijos apagando
luces y cerrando grifos, y lo único que cambia es que ya no tengo que decir
¡cuelga ya el teléfono!, gracias a las tarifas planas. La deuda siempre se
veía como algo peligroso de lo que había que huir. Intentaba encontrar una
explicación a este comportamiento, y el otro día leí algo que se le asemejaba.
Hablaba del ahorro chino y definía a éstos como pesimistas definidos (como
contraposición al optimista indefinido, cuyo ejemplo más palmario puede ser el
estadounidense). Un pesimista definido cree que el futuro puede conocerse, pero
dado que será sombrío, debe prepararse para afrontarlo. Tal vez pueda parecer
sorprendente, en un país que está llamado a liderar el mundo en un par de
décadas a lo sumo, de mantener sus ritmos de crecimiento actuales, pero esto
parece ser más una visión fuera de China que de los propios chinos, que sienten
terror por no conseguirlo. El método de crecimiento que ha seguido hasta ahora
es (como bien se ha encargado de twittear a los cuatro vientos Donald Trump)
copiar todo lo que se inventa en otro sitio, pero esto tiene un límite, y lo
que realmente preocupa a los mandatarios chinos es el compaginar el crecimiento
económico con un verdadero desarrollo social, intentando contentar a 1.500
millones de tíos cada vez más difíciles de engañar, y que a pesar del
crecimiento del 7%, es casi imposible alcanzar el nivel de vida occidental.
Todo chino adulto ha sufrido hambrunas de niño y eso hace que esa situación de
ir apartando siempre algo del salario, aunque todavía no se disponga de cosas
que a nosotros nos pueden parecer totalmente necesarias, no parezca algo fuera
de lugar, y les hace estar preparados por si vienen mal dadas. Nosotros tenemos
todavía secuelas de nuestros padres que nacieron después de la Guerra Civil, en
lo que ellos llamaban los años del hambre (los años de la leche en polvo
americana) y cierto instinto conservador a la hora de afrontar el futuro. Los
alemanes tienen su propio gen antiinflacionario, cuando ya ha pasado casi un
siglo de su episodio de hiperinflación. Siempre se ha dicho que el inversor
europeo es un inversor de renta fija y el americano de renta variable. Por eso,
a pesar de las amenazas de subidas de tipos, el bono alemán ha vuelto a bajar
del 0.50% a diez años. El no perder tiene más peso que las posibles ganancias.
En el otro lado tenemos el
optimismo indefinido americano, que ha sido la moneda común desde que empezó la
racha alcista en Bolsa en 1982. Las finanzas sustituyeron a la ingeniería como
patrón de la nave. Para un optimista indefinido, el futuro será mejor, pero no
sabe exactamente por qué. La generación de los baby boomers acostumbrados al
progreso sin esfuerzo se sentían con derecho a él. Las cosas mejoraban año a
año, sin que tú hicieras nada, o al menos sin que dependiera de ti. Siempre hay
algún rico y triunfador en el que fijarse (Gates, Musk, Zuckerberg, Bezos) y
que son además los que moldean la opinión pública. Esos extremos son mucho más
visibles que las oleadas de gente que se va quedando por el camino. Como dice
un amigo, Todo el mundo quiere salvar a la Tierra, pero nadie quiere ayudar a
la madre a fregar los platos. Las finanzas se han convertido en la mejor
manera de hacer dinero cuando no tienes ni idea de cómo crear riqueza. Hasta
que surgen momentos en que todo periódicamente se desmorona y ves que muchos
activos se transforman en humo después de estallar las burbujas.
Peter Thiel describe de forma muy
irónica el proceso:
Emprendedores de éxito venden su
empresa a cambio de dinero. No saben qué hacer con él, de modo que se lo dan a
un gran banco. Los banqueros no saben qué hacer con él, de modo que
diversifican distribuyéndolo en una cartera de inversores institucionales. Los
inversores institucionales no saben qué hacer con él y lo diversifican a través
de una cartera de acciones. Las compañías tratan de incrementar el precio de
sus acciones generando flujos libres de efectivo (o recurriendo a la deuda como
ahora mismo) con la que pagan dividendos y recompran sus propias acciones, y el
ciclo se repite.
En ningún punto sabe ninguno de
los integrantes de la cadena qué hacer con el dinero en la economía real. Pero
en el mundo indefinido, la gente prefiere la opcionalidad ilimitada, el dinero
es más valioso que cualquier cosa que quieras hacer con él. Sólo en un mundo definido
el dinero constituye un medio para un fin, (recordemos la economía mundial tras
la IIGM como ejemplo de mundo definido) no un fin en sí mismo.
Por primera vez en muchos meses,
la bolsa americana ha empezado a dudar de su futuro y de si sus cotizaciones
pueden mantenerse en subida permanente. Llega la hora de la verdad, para ver
qué pasa cuando la veleta cambia de dirección y Mary Poppins tiene que
abandonar la casa. Veremos qué pasa en muchas acciones ilíquidas si los
partícipes deciden abandonar el barco, veremos si el barco navega cerca del
fondo del mar, o tenemos debajo la Fosa de las Marianas. Una de las cosas más
sorprendentes de esta recuperación económica es que hemos vuelto a hacer creer
a todo el mundo que la deuda no importa y que siempre hay alguien dispuesto a
dejarte dinero independientemente de lo que hagas con él (nos hemos olvidado de
hace apenas seis años, que teníamos los tipos al 7% en España). Esperemos que
sea así
Buena semana,
Julio López Díaz, 04 de abril de 2018


