Cierto día le preguntaron durante
una comida al abogado y multimillonario estadounidense Joseph Hodges Choate,
quién le hubiera gustado ser, de no ser él mismo. Y respondió sin dudar: mi heredero.
Siempre es un tema de discusión
cómo se hace dinero, y el argumento cambia en función de qué lugar ocupamos en
el mundo y en la sociedad. Hace unos días, The Nation, la
revista semanal más antigua de los Estados Unidos, publicó una investigación especial
que titulaba Los sucios secretos detrás de los billones de Warren Buffett. Es
un artículo extenso, en el que desgrana las inversiones realizadas por el
Oráculo de Omaha en los últimos años. Y la regla general de estas inversiones
es que estas empresas prácticamente no tienen competencia en su mercado. El
amigo Warren siempre ha comentado que lo más importante a la hora de mirar una
empresa es su poder de precios. Si tienes el poder para subir precios sin
perder negocio frente a un competidor, eso es un muy buen negocio. Si tienes
un negocio lo suficientemente bueno, ya sea el monopolio de un periódico o una
estación de redes de televisión, hasta el idiota de tu sobrino puede dirigirlo
(Espero que no tuviera ningún familiar sobre el que descansar la mirada en ese
momento).
La investigación periodística
documenta cómo la riqueza masiva de Buffett se ha construido: basado en el
poder de monopolio y las ventajas injustas (eso lo dice el articulista) en que
se fundamentan. Las compañías de Buffett han extorsionado beneficios
extraordinarios, evadido impuestos y abusado de los clientes, y en algunos
casos ha incitado investigaciones federales en defensa de la competencia y
otras prácticas ilegales.
Buffett nunca ha mantenido en
secreto su predilección por los monopolios. Ha repetido a todo aquel que le
quiera escuchar la clave de su fortuna personal: encontrar un negocio rodeado
por un foso monopolístico, que si es posible, se agrande cada año.
Teóricamente, estos fosos no
están permitidos en América, donde los valores de libre y justa competencia son
pilares fundamentales, y así lo han sufrido antiguos monopolios como el sector
petrolero o el de telecomunicaciones, que fueron obligados a desgajarse en
varias empresas. Con ello se pretendía no frenar la innovación y la toma de
riesgos.
Sin embargo, este tipo de
políticas no parecen darse en la realidad, y lejos de construir nuevos puentes
para superar estos fosos, lo que se ha hecho en muchos casos es meter
cocodrilos en los mismos. Dos tercios de todas las industrias americanas
presentan mayor concentración ahora que hace veinte años. Vemos todos los días
como los gigantes tecnológicos compran cualquier pequeña empresa que pueda
hacerles sombra. Es una forma de inflar sus beneficios corporativos, tener más
controlados a los trabajadores y consumidores, frenar el crecimiento y crear
una sociedad más desigual.
Los ejemplos de empresas van
desde Moody´s , Verisign (cuasi monopolio para el registro de dominios en
internet; .com o .net, por ejemplo) o sus apuestas actuales en todas las
empresas de aerolíneas americanas, ahora que se ha limpiado de competencia el
mercado, cuando siempre había renegado de ellas.
Otro que tiene su propia visión
sobre la competencia es Peter Thiel, el cofundador de Paypal o primer inversor
relevante en Facebook. Para él, el mundo piensa que la competencia perfecta es
el estadio ideal, porque en los mercados perfectamente competitivos se consigue
el equilibrio cuando la oferta del productor cumple con la demanda del
consumidor. Todas las empresas que participan en un mercado competitivo son
indiferenciadas y venden los mismos productos homogéneos. Dado que ninguna
empresa tiene poder de mercado, todas deben vender al precio que el mercado
determine. Si se puede hacer dinero, nuevas empresas entrarán en el mercado,
incrementarán la oferta, bajarán los precios, y terminarán por acabar con los
beneficios que las habían atraído. Si demasiadas empresas entran en el mercado,
sufrirán pérdidas, algunas quebrarán y los precios volverán a subir hasta
precios sostenibles. Bajo la competencia perfecta, en el largo plazo, ninguna
compañía percibe beneficio económico. En el lado contrario está el monopolio. Y
más allá de los acosadores ilegales o los favoritos gubernamentales, por
monopolio entiende un tipo de empresa que es tan buena en lo que hace que
ninguna empresa puede acercarse a producir un sustitutivo cercano. Los
estadounidenses mitifican la competencia y le reconocen el mérito de salvarlos
de la miseria socialista. En realidad, el capitalismo y la competencia son
conceptos opuestos. El capitalismo se basa en la acumulación de capital, pero
bajo la perfecta competencia todos los beneficios se erradican entre sí. La
lección para los emprendedores es clara: si quieres crear y capturar valor perdurable,
no crees un negocio indiferenciado de productos básicos.
Siguiendo con su defensa de este
tipo de monopolios, pone como ejemplo a Google. Dado que no tiene que
preocuparse por competir con nadie, tiene una libertad más amplia para
preocuparse por sus trabajadores, sus productos y su impacto en el mundo. En
los negocios competitivos, el dinero o es algo importante o lo es todo. Los
monopolistas pueden permitirse pensar en cosas que no giran exclusivamente en
torno a hacer dinero; los no monopolistas, no. En la competencia perfecta, los
negocios están tan centrados en los márgenes del hoy que no pueden planificar
un futuro a largo plazo (el 99% de las pymes de este país, por ejemplo). Sólo
una cosa puede hacer que una empresa trascienda la cruda lucha diaria por la
supervivencia: los beneficios del monopolio. Los monopolios impulsan el
progreso, porque la promesa de años, e incluso décadas, de beneficios
monopolísticos ofrece un poderoso incentivo para innovar (o para echarse la
siesta, pienso yo) . En el mundo real, fuera de la teoría económica, toda
empresa es exitosa en tanto en cuanto haga algo que las otras no puedan hacer.
El monopolio no es por tanto una patología o una excepción. El monopolio es la
condición de todo negocio de éxito. Todas las compañías felices son
distintas: cada una gana un monopolio resolviendo un problema único. Todas las
compañías fracasadas son iguales: fracasaron por no poder escapar de la
competencia. Monopolio creativo significa nuevos productos que benefician a todo
el mundo y beneficios sostenibles para el creador (aquí tengo yo mi lucha
defendiendo a empresas farmacéuticas).
Al final, toda esta disputa es un reflejo más del débil
equilibrio en el que vivimos. Tenemos una economía haciendo equilibrios en una
fina cuerda entre el crecimiento económico que necesita más madera y los
límites del planeta Tierra. Durante la mayor parte de la historia, el
crecimiento de unos iba contra el de otros. Era un pastel en el que se
cambiaban las porciones en función de aquel que tuviera más capacidad guerrera.
Lo que ganaba uno era a costa de lo que perdía otro. La tecnología ha cambiado
esa situación superando las predicciones catastrofistas de Malthus. En esto
creo que debemos seguir siendo optimistas (no sé cuantas veces más volveré a
utilizar esta palabra).
Recuerden la definición de
depresión de Ambrose Bierce: Estado mental producido por el chiste de un
periódico, la actuación de un juglar o la contemplación del éxito ajeno.
Buena semana,
Julio López Díaz, 15 de marzo de 2018


