Reforma energética

La frase que más miedo da en el
idioma inglés es “Soy del Gobierno y he venido a ayudar”. Ronald Reagan.

Desde hace mucho tiempo, existe
una figura en los mercados bursátiles americanos que se conoce como la “put de
Greenspan”. Como saben una put, es una opción financiera que al comprarla, le
da protección al inversor porque le garantiza un precio de venta. En el caso
americano, era la mejor opción de todas pues los inversores no tenían que pagar
prima alguna, sino que estaba implícito, que ante cualquier caída de los
mercados la FED actuaría y haría volver el rio a su cauce alcista. Para el caso
español, nuestros dirigentes políticos se han hecho un lio, y lo que han
regalado al mercado es lo que vamos a conocer como la “Call de Nadal” (que no
es precisamente el tenista) que tiene el efecto opuesto y se asemeja a un
gigantesco tapón que impide que los mercados sigan subiendo. Y vuelve a sacar a
primera plana, el nunca enterrado tema de la factura eléctrica. La verdad, el
mercado energético español  es un
jeroglífico de difícil interpretación como la Piedra Rosetta. Me imagino a un
intrépido Champollion del siglo XXX intentando 
descifrar e interpretar un recibo eléctrico de nuestros días.

Como habrán leído en prensa
(curiosa forma de comunicación por cierto, el filtrarlo a algún periodista sin
hablar antes con las empresas, pero sí con algún amigo), no tienen nada más que
ver los movimientos de la semana pasada en Gas Natural y Enagás para ver un
inside trading de caballo: Gas Natural (-6.81% en los nueve días anteriores)
Enagás( -4.70%) con el Ibex 35 (+1.20%) o el Eurostoxx 50 (+0.80%). A lo mejor
la CNMV tiene algo que mirar, a lo mejor no…

Aquí se cruzan dos temas muy
complejos de tratar y que para los gobiernos españoles parece un oxímoron: el
poder compaginar una reforma del mercado energético con el concepto de
seguridad jurídica. Si lo miramos desde el punto de vista del consumidor puede
parecer algo de justicia el recortar los costes de un sistema remunerativo
sumamente penalizador. Si lo miramos desde el punto de vista de una empresa o
de un inversor, lo único que saca en claro, es que el gobierno español
nuevamente no es de fiar y que se pasa las leyes por el forro y que va a
invertir Rita en España. ¡Y con razón! El problema es que seguimos recurriendo
a los parches en vez de afrontar una verdadera reforma energética. Desde que
Rodrigo Rato firmó los famosos CTC (costes de transición a la competencia) una
tarde otoñal de 1998 con una fórmula de cálculo en un excel llevado por las
mismas eléctricas, hemos ido dando pasos de ciego con soluciones temporales que
se veían inviables al poco tiempo, y que ha dejado un sector muy alejado de lo
que es la libre competencia. Si tenemos que ir al sexto decimal de la factura
para ver una diferencia de precio entre unos comercializadores y otros, ya me
dirán ustedes, y a esto le añadimos una fijación de precios marginalista y un
mercado diario de fijación del pool que es como pasear entre cocodrilos.

Si miramos el último informe
anual de Red Eléctrica correspondiente al año 2017 sí que nos dan pautas
realmente curiosas y que nos dan una verdadera bofetada para volver a la
realidad. La demanda de energía en España fue de 268.505 GW, un 1.3% más que el
año anterior.

El crecimiento de la generación fue del 0.2%,
por lo que la diferencia hubo que importarla de fuera.

La distribución de la generación
es la siguiente en GW:

Hidráulica  20.213  
Nuclear  54.825  Carbón 45.955 Fuel/gas 7.028  Ciclos combinados 38.901

Eólica 46.942  Fotovoltaica 
8.350  Solar térmica  5.375 y Cogeneración  28.000

El peso de los combustibles
fósiles sigue siendo tremendo. Lo más curioso, es que en pleno debate
ambiental, haya sido la del carbón la fuente de generación que más ha subido de
cuota representando el 17%, con un incremento del 22% respecto al año anterior.
Obviamente el bajón más grande lo hemos tenido en la cuota de las hidráulicas
por la pertinaz sequía que dirían en el NODO, pero da un poco de pena que sean
los combustibles fósiles los que cubran el desfase.

En cualquier inversión, uno de
los factores principales antes de decidir una decisión de inversión, es fijar
lo que llamamos la prima de riesgo, o la rentabilidad mínima que le pedimos a
una inversión y a partir de ahí vemos si nos interesa invertir o no. Lo que
pasa es que en muchos casos, el “pagador” tiende a revisar los supuestos con
posterioridad y le gusta reducir esa TIR. Un caso, por ejemplo, que todos
entenderán. ¿Qué rentabilidad le pedirían a un proyecto para construir algún
tipo de infraestructura en un país africano? (Algunos pensarán que la media
ponderada entre invertir en Alemania e invertir en España, pero aunque les
parezca sorprendente será considerablemente mayor…)  Muchas empresas analizan riesgos e
inversiones comparables y deciden no acudir al concurso, todas salvo una. Pues
bien, después de hacer cuatro años de obras, limpiar maleza, y lidiar con
diversos problemas, llega el ministro de turno y les dice que realmente no
tenía tanto riesgo la inversión y que por lo tanto la remuneración va a
disminuir un 30%. El resultado final es muy distinto del inicial. Puede que
alguien piense, “¡Ah, un 5% es una rentabilidad más que suficiente una vez
descartados los riesgos iniciales!” La realidad verdadera es que seguramente
sea el último proyecto que se realice en ese país. Muchas veces en economía nos
olvidamos los efectos secundarios que provocan nuestras decisiones. En estos
casos suele provocar un movimiento defensivo de las empresas, que terminará concretándose
en menos inversiones futuras o menores gastos de mantenimiento que provocarán
efectos más perniciosos a largo plazo. Muchas veces el problema generalizado
que nos planteamos es que pensamos que a nosotros nos pagan demasiado poco y
que el trabajo de los demás, sin embargo, está excesivamente remunerado.

La fijación de precios en
economía es uno de los procesos más complejos que existen en cuanto no tenemos
un mercado libre con gran profundidad de oferta y demanda. El tema más
peliagudo lo tenemos con el precio de los fármacos. Una de las críticas más
extendidas contra el sector farmacéutico, es el aparente aprovechamiento de su
situación de monopolio para determinados fármacos. La idea natural, es que
tendría todo el mundo que poder acceder a esos medicamentos a precios
asequibles. Al fijar esta idea, obviamos todo el proceso de riesgo que ha
afrontado la farmacéutica hasta que ha sacado al mercado su producto, por no
decir los innumerables medicamentos que no han pasado los controles necesarios
y no llegan al mercado. Si nos ponemos nuevamente bajo el prisma del inversor,
éste exigirá a la empresa

biotecnológica una TIR del
proyecto lo suficientemente elevada que le compense de las altas probabilidades
de perder toda su inversión. Y ese proceso no nos lo podemos cargar con
posterioridad, si queremos que alguien siga investigando.

Pero continuando con el ínclito y
oscuro Nadal. La tramitación del cambio de parámetro lo va a llevar a cabo con
una enmienda en la Ley de Medidas Urgentes contra la sequía, y eufemísticamente
el ministro argumenta que no pretende variar la retribución ahora, sino
actualizar la base de activos por los que se retribuye, dentro de un marco
regulatorio que se había estipulado válido hasta el 2021 y que ahora se
quiebra. Y esto nos lleva a otro problema filosófico de difícil solución y
siempre me recuerda el poema del pastor luterano Martin Niemoller.


“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,

guardé silencio porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,

 guardé silencio porque yo no era
socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

no protesté porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a por los judíos,

no pronuncié palabra porque yo no era judío.

Cuando vinieron a por mí,

no había nadie más que pudiera protestar.”


¿A qué le damos más importancia?
¿Podemos dar nuestro beneplácito a decisiones arbitrarias de los gobernantes
simplemente porque nos beneficiemos de ellas?

Buena semana,

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