La actriz
húngara Zsa Zsa Gabor, que pasará a la historia por su glamour y su gran lista
de matrimonios, participó junto a otras mujeres famosas en una encuesta que
realizó una revista femenina. En la encuesta, la revista proponía una pregunta:
¿Qué es lo primero que mira en otra mujer?- Su
manera de hablar respondió Agatha Christie. Sus manos-contestó María
Callas.- Su marido-replicó Zsa Zsa
Como ven, cada
uno de nosotros tiene su forma de ver las cosas, y valora de distinta forma una
misma situación. Ayer le concedieron el premio nobel de Economía a Richard
Thaler por su contribución a la llamada economía del comportamiento. Hace
apenas un par de meses que había leído (y disfrutado) su libro Todo lo que he aprendido con la psicología
económica, donde describía con ejemplos del día a día situaciones
cotidianas, donde factores aparentemente irrelevantes influían decisivamente en
decisiones económicas. Encabezaba el libro unas frases de Vilfredo Pareto de
hace ya más de 100 años. Es evidente que la base de la política económica y en
general de todas las ciencias sociales, es la psicología. Llegará un día en el
que podamos deducir las leyes de las ciencias sociales a partir de los
principios de la psicología. La economía conductual no es la primera vez que
es reconocida con dicho galardón. Ya lo fue con el premio a Daniel Kahneman,
del que ya hemos alabado su libro Pensar
rápido, pensar despacio que deberían leer todos aquellos que viven de los
mercados. Thaler comenta que empezó a dudar de la asentada concepción económica
ortodoxa cuando, como profesor, percibió la alegría de sus estudiantes cuando
cambió de evaluar sus exámenes entre 0 y 10, a valorarlos entre 0 y 13, y
pasaron las notas medias de 7 a 9, cuando ambos métodos de puntuación eran
idénticos. En los mercados esta percepción la podemos ver claramente con la diferencia
entre tipos de interés reales y tipos de interés nominales. La gente está mucho
más contenta cuando el banco le da un 1% por el dinero depositado en sus
libretas aunque la inflación esté al 4%, que cuando le dan el 0% y tengamos una
inflación negativa del -1%.
Otra de las
anomalías que presenta de una forma muy divertida y que a todos nos ha pasado
innumerables veces, es lo que llamó efecto posesión. Los seres humanos damos
mucho más valor a un bien que ya poseemos y nos planteamos venderlo, que si no
lo poseemos y nos planteamos comprarlo. Esto en los mercados lo podemos ver
cuando examinamos nuestra cartera de acciones. Muchas veces, entre nosotros,
nos hacemos el juego de ver el gráfico de una acción sin desplegar su nombre y
nos preguntamos qué haríamos en ese activo, para descubrir que no nos gusta
especialmente, pero al descubrir el nombre vemos que lo tenemos en nuestra
cartera y es un valor del que estamos perdidamente enamorados. Se hizo un
experimento en la Super Bowl de 2001. Se preguntó a los aficionados que habían
podido adquirir entradas por 400 dólares si estarían dispuestos a comprar o
vender sus entradas al precio de reventa, que estaba en los 3.000 dólares. Una
abrumadora mayoría (el 86 por ciento) declaró no estar dispuesto a comprar (si
no hubieran adquirido las suyas), pero tampoco a venderlas por ese precio. Otro
ejemplo que nos podemos encontrar es pensar que pagar 15 dólares por que nos
corten el césped es muy caro, pero no estamos dispuestos a cortárselo al vecino
por 25.
Otro de los
supuestos que atacó fue el de la supuesta racionalidad económica. Nuestra
disposición a pagar por un medicamento que reduzca ligerísimamente la
probabilidad de morir de un mal que ya padecemos es mucho menor que la brutal
cantidad de dinero que reclamaríamos por hacer de cobayas en un experimento que
nos exponga a un riesgo casi inapreciable de morir equivalente a la reducción
que lograba el primer medicamento.
También aportó
nuevos experimentos para validar la teoría de la Perspectiva de Tversky y Kahneman.
Al evaluar alternativas, los seres humanos atendemos sólo al cambio respecto al
nivel de salida, no al nivel de llegada, por eso reaccionamos de forma muy
distinta a operaciones bursátiles de pérdidas o ganancias aunque la
probabilidad sea igual. Cerramos rápidamente operaciones bursátiles positivas y
dejamos correr de forma desaforada las pérdidas.
Todas estas
asimetrías son las causas de los ciclos de burbuja y estallido de la burbuja
que llevamos viendo tanto tiempo, y que la volatilidad de los activos
financieros es mucho mayor de la que se derivaría de los meros cambios en las
expectativas de beneficios de las compañías cotizadas (Robert Schiller, otro
especialista en psicología financiera con premio Nobel).
Al final, el
punto de partida de las finanzas conductuales afirma que no todos los
inversores y especuladores actúan de una forma estrictamente racional. ¿Y qué
diantres significa esto? Que si las decisiones económicas no se toman siguiendo
criterios estrictamente racionales, ya no son calculables y la física no sirve
como modelo. Esto invita a examinar detenidamente la psicología de los
inversores y el resultado no es nada alentador. Los gestores de fondos son
impulsivos, no cuestionan sus decisiones (altos niveles de autoconfianza), se
alimentan de esperanzas y muchas veces viven anclados en el pasado. El temor a
perder dinero es más fuerte que su deseo de ganarlo, incluso cuando la cantidad
en juego es la misma.
La premisa
central de la teoría económica es que la gente elige por optimización. De entre
todos los bienes y servicios que una familia podría comprar, la familia escoge el mejor que se pueda
permitir. Elegimos por lo que los economistas llaman expectativas racionales.
Luego tenemos el ejemplo que comentaba siempre un Ministro de Economía francés,
quejándose de cómo podía dirigirse la economía de un país en el que sus
ciudadanos, ante la visión de dos quesos idénticos, siempre elegían el más
caro. En cada decisión influye nuestro estado de ánimo, si hace sol o por el
contrario llueve, si ha ganado el Atleti o ha perdido el Madrid (en este caso
es lo mismo) o lo simpática que era la chica que te ofrecía un palillito con un
membrillo en el que ni te habías fijado.
Otro sesgo en el
que incurrimos permanentemente es la falacia de los costes hundidos. El homo
economicus rationalis, no coge un coche en mitad de una ventisca para ir a un
concierto porque tuviera ya pagada la entrada, o se pone camisas horrorosas
compradas en pleno recorrido etílico por sentirse mal de haberse gastado dinero
en ella. El ser humano medio sí. El caso económico más comentado en muchos
ejemplos (no verificado) es que Estados Unidos alargó la Guerra de Vietnam
porque ya había invertido mucho dinero anteriormente.
Ya lo decía
Larra, sin pensar seguramente en las decisiones económicas: el caprichoso
público se deja llevar por impresiones pasajeras, ama con idolatría y sin
porqué, y aborrece de muerte sin causa.
Buena semana (si
se puede).
Julio López Díaz, 10 de octubre de 2017


