En el despacho
de John D. Rockefeller, se presentó un día un perturbado mental, que poniéndole
una pistola en el pecho, gritó: -¡Llegó la hora
! ¡Tiene que repartir toda su
fortuna entre la humanidad! Conservando la calma, apartó Rockefeller la pistola
y se puso a hacer una operación aritmética. Al terminarla, le dijo al loco.
Ya sabe que mi fortuna es de 2.000 millones de dólares, y que los habitantes
del mundo son aproximadamente 1.800 millones. Tocamos a un dólar y doce
centavos cada uno. Tenga, pues, lo que le corresponde y déjeme seguir
trabajando.
Algún amigo me
ha escrito esta semana para comentar nuevamente el tema de la renta básica
universal, a raíz de la visita a España de Rutger Bregman, un historiador
holandés que empezó a hablar (realmente retomó un tema viejo como el mundo)
hace unos años de este tema en su ensayo Utopía
para realistas. En un mundo donde yo veo distopías por todas partes,
siempre es sano leer a alguien que es capaz de presentar un mundo más
prometedor del que uno ve. Ante una realidad que cada vez es más irrebatible
(la sustitución de numerosos empleos por máquinas) la consecuencia de este
hecho trae dos caminos diferentes (luego habrá que poner grises a estos extremos).
Uno, el que podemos ver en muchas películas de adolescentes, que a mí
particularmente me horroriza, con una mayoría de la gente sin nada que hacer a
expensas de recibir su manutención de unas élites que controlan todo el poder.
Y el otro, un mundo paradisiaco donde las personas no tendrán que trabajar,
realizarán sólo aquellas tareas que les gratifiquen y donde estarán superados
todos los dolores/sin sabores que ahora nos preocupan. La enfermedad será
superada, todo el mundo estará alimentado y nos acercaremos a la inmortalidad
(Google ya tiene una división, Calico, dedicada a la investigación para ampliar
la vida humana en unas condiciones de salud óptimas).Todo progreso tiene sus
ganadores y perdedores. En el año 2014, más de 2.100 millones de personas
tenían sobrepeso, frente a los 850 millones que padecían desnutrición. Se
espera que la mitad de la humanidad sea obesa en 2030. En 2010, la suma de las
hambrunas y la desnutrición mató a alrededor de un millón de personas, mientras
que la obesidad mató a tres millones. En 2012 murieron en todo el mundo unos 56
millones de personas, 620.000 a causa de la violencia humana (120.000 por
guerras y 500.000 por crimen). En cambio, 800.000 se suicidaron y 1.5 millones
murieron de diabetes.
En la Edad de Piedra,
el humano medio tenía a su disposición 4.000 calorías de energía. Esto incluía
no sólo alimento, sino también la energía invertida en preparar utensilios,
ropa, arte y hogueras. En la actualidad, el estadounidense medio utiliza
228.000 calorías de energía al día, que alimenta no solo su estómago, sino
también su auto, ordenador, televisor, frigorífico, etc.
Las presiones
evolutivas acostumbraron a los humanos a ver el mundo como un pastel estático.
Si alguien toma una porción mayor del pastel, otro, inevitablemente, obtendrá
una porción menor. Una familia o una ciudad concretas pueden prosperar, pero la
humanidad en su conjunto no va a producir más de lo que produce hoy. Por lo
tanto, las religiones tradicionales como el cristianismo y el islamismo buscaron
formas de resolver los problemas de la humanidad con la ayuda de los recursos
del momento, ya fuera redistribuyendo el pastel existente o prometiéndonos un
pastel en el cielo.
Este proceso se
rompió en el siglo XX, llevando a crecimientos muy por encima de los vividos en
los veinte siglos anteriores, crecimiento que a raíz de la crisis de 2008 ha
empezado a ponerse en duda , saliendo a la palestra temas que ya hemos tratado
en epístolas anteriores y que tratan sociólogos como Harari en su Homo Deus. ¿Qué
le ocurrirá al mercado laboral cuando la inteligencia artificial consiga
mejores resultados que los humanos en la mayoría de las tareas cognitivas?
¿Cuál será el impacto político de una enorme clase nueva de personas inútiles
desde el punto de vista económico? ¿Qué les ocurrirá a las relaciones, las
familias y los fondos de pensiones cuando la nanotecnología y la medicina
regenerativa conviertan a la gente de ochenta años en las nuevas personas de
50? ¿Qué le ocurrirá a la sociedad humana cuando la biotecnología nos permita
tener bebés de diseño y abrir brechas sin precedentes entre los ricos y los
pobres?
Pero bueno, me
he alejado un poco del tema de la renta básica universal. Bregman, que aboga
por la implantación de esta renta mínima, piensa que la misma puede reemplazar
a sistemas burocráticos y paternalistas que no funcionan, y pone como ejemplo
el subsidio del paro. Vamos a poner cifras a todo esto. En los presupuestos del
Estado del año 2016, la partida estimada para gastos de desempleo es de 20.000
millones de euros. Si le sumamos las políticas activas de empleo que son otros
5.000 millones y la gestión de la seguridad social que son otros 6.000
millones, sueldos y salarios del personal y gastos corrientes, nos podemos ir a
los 35.000 millones. Si a esta cifra le sumamos los gastos en pensiones, que
ascienden a 137.000 millones y los 2.000 millones asignados a la política de
Servicios Sociales y Promoción Social que incluye la ley de Dependencia, las
transferencias del Estado llegan a los 175.000 millones de euros. He tomado los
datos de los propios Presupuestos del Estado, aunque seguramente puedan
habérseme pasado algunas partidas, pero creo que para fabricar el número gordo
nos vale.
La renta básica
universal, como está denominada, debería darse a todos los mayores de edad de
un país, independientemente de su nivel patrimonial y de ingresos. Si tomamos
como referencia el salario mínimo interprofesional en España para 2017, que
está en 707 euros al mes ó 9.906 euros al año, y las personas mayores de 18
años que pueden estar en los 38.000.000, la partida destinada a la renta
universal se acerca a los 375.000 millones, lo que supone un déficit de 200.000
millones respecto al modelo actual. Tenemos que tener en cuenta, que tenemos
aparte Sanidad (75.000 millones) y Educación (45.000 millones). Si vamos a un
modelo en el que la Sanidad y la Educación dejaran de ser gratuitas, tras
recibir esa renta cada individuo mayor de 18 años, el déficit todavía sería de
unos 80.000 millones de euros, que tendrían que salir de algún sitio. Si se
conservara el importe de las pensiones actuales (la mayoría por encima del
salario mínimo), el déficit volvería a aumentar claramente por encima de los
100.000 millones.
Obviamente, hay
números que se podrían hacer que son difíciles de plasmar. No sabemos el
incremento de producción que puede dar toda esa gente que saldría del mercado
laboral actual y que está dedicado a las tareas más rutinarias y repetitivas
que generan poco valor añadido, y del incremento de productividad que puede
venir de un mayor tiempo dedicado al ocio y la creatividad. También es difícil
de evaluar, si a mayor dinero por persona se reducirían otros gastos, como los
derivados de combatir la pobreza o todos los relativos a la seguridad
ciudadana. En cualquier caso, parece que todos estos casos reducirían ese
déficit numérico del que partimos. Tampoco hay que olvidar, que la recaudación
de las personas físicas y de sociedades ascendió a 95.000 millones de euros en
2016, siendo la parte mollar (72.000 millones) lo recaudado en IRPF. Si del
supuesto que partimos, es que no va a aumentar el número de trabajadores por
efecto sustitución, ya me dirán
Siempre quedará poner un impuesto a los
robots, como no descarta Bill Gates. En resumen, que pienso que de una forma u
otra debería implantarse, pero no me salen los números.
Como decía mi
compañero de fiestas Kierkegard: La vida sólo puede ser comprendida mirando
hacia atrás; mas solo puede ser vivida mirando hacia delante.
Buena semana
Julio López Díaz, 29 de marzo de 2017


