En el 249 a.C,
el cónsul Claudio Pulcro se dispone a enfrentarse a las galeras púnicas ante
Sicilia, en Trapani. Tal como exige la costumbre, primero debe consultar a los
dioses por medio de los augures y sus gallinas sagradas. De su apetito dependen
los presagios, más o menos favorables, acerca de la batalla que se avecina. Por
desgracia, las gallinas se niegan terminantemente a comer. Pulcro, convencido
de la necesidad de entablar batalla, empieza a impacientarse mientras sus
hombres se inquietan por momentos. Finalmente, el cónsul coge las gallinas las
arroja al mar y exclama: si no quieren comer, que beban. La batalla puede
librarse y el cónsul de poca fe es aplastado. De las ciento veinte galeras
implicadas, los romanos pierden noventa y tres.
Leía este verano
esta historia, que como en tantos casos, la podemos aplicar a lo que vivimos en
la actualidad. La primera sensación que tuve cuando volví la semana pasada, es
que parecía que me había ido el día anterior. A grandes rasgos, todo estaba muy
similar a antes de mi marcha. El mercado no ha dado para mucho. Estamos en los
Juegos Olímpicos de la paciencia. Los profesores universitarios de los Bancos
Centrales venga a dar alimentos y las gallinas que se lo piensan. Y después de
siete años se ha ganado la batalla de la subida de los precios de los activos,
pero la guerra contra el bajo crecimiento y las desigualdades todavía parece
lejos de resolverse. Desde el 14 de Julio, el S&P 500 ha entrado en
encefalograma plano. Hace más de cincuenta años que el índice no se movía en
una banda de sólo un 2% durante mes y medio. Un fiel reflejo de las últimas
encuestas que realizan los bancos de inversiones entre sus clientes, donde la
respuesta no tengo ni puñetera idea de qué va a hacer el mercado ha alcanzado
nuevos máximos históricos. La volatilidad se ha ido a mínimos históricos y lo
que impera entre los inversores es un hastío generalizado. Eso a niveles de
índices generales, porque lo que hemos visto durante este verano es una
recuperación de los sectores más castigados, como cíclicos y financieras, y una
venta de los valores más defensivos que habían llegado a valoraciones
estratosféricas. Y con la Reserva Federal jugando a Pedro y el Lobo ¡¡Qué
vienen las subidas de tipos!! Amagando pero no dando.
El resto de los
grandes temas no han variado mucho. Los datos económicos han dado alguna
sorpresa positiva, pero con valores muy alejados de los alcanzados en otras
recuperaciones y lo poco que crecemos es a fuerza de endeudamiento. Si algo me
ha quedado claro en estos días de asueto y que hay que meterlo en la ecuación,
es que los Bancos Centrales no van a dar su brazo a torcer y van a seguir dándole
lo suyo al mercado. A fin de cuentas, ya llevan casi treinta años así en Japón
y siguen con la matraca. La confianza en que saben lo que hacen está en mínimos
desde Volcker. Términos que no contemplábamos en nuestros análisis hace dos
años (tipos de interés negativos, emisiones de bonos perpetuos con cupones cero,
tirar dinero desde el helicóptero) tienen que estar ya metidos en la coctelera,
y complican mucho más las decisiones de inversión. Llevamos cinco años que todo
se reduce a ver como pestañean estos personajillos. Los parapetos de defensa
para el ahorrador son cada vez más endebles. La decisión de tener dinero en
cash en el banco, ante un abanico de activos extraordinariamente sobrevalorados,
puede ser minada en el momento que los bancos comerciales empiecen a cobrar
intereses por el dinero depositado. Cuando les preguntan por la destrucción del
ahorrador dicen que ahí tienen los dividendos de las empresas para compensar…
(hasta que miras que en muchas empresas para pagar ese dividendo incurren en un
mayor endeudamiento). Estamos atrapados en un hospital psiquiátrico del que no
podemos escapar. Las recetas del médico deberían haber sanado al paciente, pero
este no sabemos cómo camina más allá del umbral de la sala de diálisis. Y es
que nos hemos hecho tan dependientes de la dosis diaria, que pensamos que no
existe otro mundo ahí fuera. Los consumidores y empresas han llegado a ser tan
cautelosos en sus expectativas (esperan poco crecimiento y poca inflación) que
no responden como esperaban los banqueros centrales. El dinero regalado donde
genera plusvalías es en los propios mercados y fuera de los mismos todo es un lío
que pá qué. ¡Mejor que marche otra de recompra de acciones!
La defensa
natural sería sacar los ahorros del sistema y guardarlo en el calcetín, pero me
temo que lo siguiente va a ser la abolición de los billetes físicos y que
obliguen a hacer todas las transacciones a través de cuentas bancarias (tienen
el caso curioso de los mendigos en Suecia que llevan a mano su datafono). Lo
venderán como una lucha contra la economía sumergida y contra el crimen
organizado (que se aprovecha del mismo, por supuesto) pero que lo que esconde
también es un recorte de las libertades de mucha gente para hacer con su dinero
(honradamente ganado y declarado) lo que quiera. Y debemos de reconocer que
están teniendo éxito en lavar el cerebro de los inversores que ven cómo les van
esquinando y asumen cosas implanteables como si fuera ya el pan nuestro de cada
día. Sólo hay que ver el oximorón, cuanto más se endeuda un Estado, menos paga
de intereses.
Al final, los
tipos de interés no dejan de ser una suma cero. Lo que paga uno, lo recibe
otro. El problema que hay que resolver es más filosófico que económico. Cada
uno ve el problema como le va en ello. Si usted está endeudado dará palmas con
las orejas con estas medidas, y si es ahorrador, pues se acordará de los familiares
de hasta el cuarto grado de consanguinidad de Draghi. Todo el mundo mira a
través de su botella. Por eso insisto en que es un problema de filosofía. Y las
preguntas que nos tenemos que hacer son del tipo ¿Existe algún límite que se
deba fijar en la justicia distributiva? ¿Cuánto deben pagar los jóvenes por
mantener el bienestar de los mayores para que se pueda hablar de solidaridad
entre generaciones y no de un abuso? ¿Elevar la edad de jubilación es una
propuesta sensata o injusta? ¿Flexibilizar el mercado de trabajo es abrir la
puerta a la explotación por parte de empresarios con colmillo de jabalí o una
manera de reducir el desempleo entre los jóvenes? ¿La implantación de rentas
básicas sin mayor justificación perjudica o es necesaria en un mundo
tecnológico que destruye empleos a raudales? ¿Se desmotiva la búsqueda de
trabajo cuando tienes una renta mínima garantizada por no hacer nada? ¿Las
ayudas o subvenciones no dejan de ser una limosna moderna que impide al
perceptor salir de su dependencia respecto al otorgador, muchas veces con una
contrapartida en forma de voto? ¿Es el Estado el mejor distribuidor de riqueza
o su burocracia drena recursos totales al sistema? Y todas estas respuestas
dependen mucho de la concepción que se tenga del ser humano. Podemos alinearnos
con Rousseau y decir que el hombre es bueno por naturaleza, o sentarnos a la
derecha de Hobbes y su Homo homini lupus con el que me machacaba en el
colegio el profesor de Latín. Los clásicos asumían que el ahorro era bueno,
pues ahorrar era una virtud que agradaba a Dios y cuanto más se ahorraba más se
invertía y cuanto más se invertía mayor era la riqueza. Los keynesianos
reniegan del ahorro porque es una penalización para el consumo, que degenera en
una menor producción de bienes. Yo desde luego cada vez ando más confundido.
En fin, que los
mercados están más sospechosos que tu mujer dándote la razón a la primera.
Buena vuelta.


